Y diré que como tú ninguna
y será verdad...
Ni el sol,
la misma luna...
Las yemas de los dedos
rasgadas por tu ausencia
y aún no aprendo a tocar tu adiós
con los acordes en regla,
cada lágrima suena más tétrica
y aún no sé
cómo afinar la nostalgia
en las noches en vela.
Las cuerdas del alma gastadas
y la garganta siempre anudada
en la segunda nota:
re-conocerte
re-encontrarte
re-construirte
recordarte...
y hacer de tu recuerdo un arte.
Que no me pese
ese pacto no acordado
de vivir
evocando tu retrato.
Admirarlo
y entonar la melodía
que te revela más infinita
que la estrella titilante.
El sol,
la misma luna,
se me harán... 
se me hacen
pequeños
para abarcarte.
En cambio,
para añorarte
sobran espacios...
Cada suspiro de anhelo
produce uno nuevo
y me colmas,
me re-inventas,
el cielo.
Y no es mentira:
como tú
nada,
nadie,
nunca.






Si lo piensas bien, salvo extraterrestres quizá, nadie hay ahí afuera. Ningún ente, ningún ser, nada que te contenga. Nadie quien te vigile con mirada omnipresente, nadie que vaya a premiarte los aciertos ni a perdonarte desde algún lugar distante y extraordinario por tus faltas. No hay pecados, solo errores, y no hay nada más profano que los dioses.
No hay rezos ni oraciones ni plegarias, solo culto y doctrina, inventado, innecesaria. La religión es solo otra materia que te inculcan con el sustituto atrapabobos de “modo o estilo de vida”. ¡Ja! Hay cientos. Elige alguna y estás hecho.
La creación, es solo recreación. Mira hacia arriba, “las alturas”, una cúpula celeste vacía. Puede que el vacío, ¿oyes el eco?, sea tu “Dios” y no lo sepas. Puede que tú mismo seas tu “Dios” y te dé pena.
Porque aterra, ¿cierto?, saber que eres tu salvación e infierno, tu paraíso y condena, desconocer si los ángeles y demonios que te albergan están muertos o de fiesta.
Además, te pesa y te pesas... No puedes solo y el auxilio siempre debe venir de afuera, (no me compres ese libro de autoayuda ni lo vendas): cuando vas sin rumbo por algún callejón peligroso y oscuro, y temes que alguno de tus “hermanos” se vuelva en tu contra y te arrebate el tan preciado último suspiro; cuando por diversión, la tragedia se hace cercana, el dolor acecha y la rabia o las lágrimas muestran su sonrisa más perversa; cuando tus pasos conducen a inverosímiles laberintos en los que no sabes en qué puerta o cuál pasillo dar con otros o contigo; cuando la vida te queda grande, repite y asegura que sin importar lo que hagas nunca va a calzarte a la medida, subraya tu insignificancia y tú, reducto de la nada, te descubres incapaz de cargar contigo y con el mundo...
Y la pregunta, siempre despierta e incansable, haciendo ruido en tu cabeza.
La duda es el único silencio que te queda.
No hay respuestas. Vienen tergiversadas con suposiciones y falsas certezas que tú aceptas.
Al fin y al cabo, en este espacio en el que has aterrizado de improviso, estás de paso.
Escudo y excusa.
La nada es lo único que perdura.
Y mientras, solo eres: un parpadeo en las cuerdas del tiempo (otra falacia), el titilar efímero de una estrella en la galaxia.
Nada más.
Solo eso.
Solo...
Tú.
Y después... Un eco, ¿recuerdas?, el vacío.
Y tu dios, que comparte tu esencia y concibes como invento no nacido, siempre muere, no por ti, sino contigo.




Harmony of destruction – Andrey Bobir

Cuando el timbre sonó la Sra. Guillermina se encontraba haciéndole la limpieza al cuarto del “bueno para nada de su hijo”, aprovechando que ya tenía la comida a punto de cocción sobre el fogón.
— ¡Juan Esteban! ¡Alguno que atienda la puerta! ¡Juan Esteban! —Se desgañitaba sin que nadie acudiera.
A pesar de no estar de acuerdo con esa costumbre ridícula y manida de que padre e hijo llevarán el mismo nombre como para que el primero se perpetuase en su descendencia, en su momento accedió sin reparos, consolándose con el despropósito de que al menos ahorraría saliva al llamarlos al unísono. Sin embargo, ahora que lo ponía en práctica, ninguno se daba por aludido.
— ¡Tilín, tilín, tilín, tilín! —Insistía. Quien quiera que fuera parecía decidido a romper el dispositivo del timbre o, en su defecto, los oídos de quienes habitaran la vivienda, si no le abrían ipso facto la puerta.
— ¡Pero ¿quién será el animal, Dios bendito?! ¡¿Quién será el animal?!
Se asomó con disimulo a la ventana de la habitación de su hijo para espiar la entrada de la casa y...
— ¡No puede ser! ¡La Tragedia! —No se contuvo. Gritó con mayor ímpetu— ¡Juaaan Esteeeban! ¡Es Fauuusta, tu madre! ¡¡Ábrele!!
Ahí sí, estando seguro de que la cosa no iba con él, se manifestó su hijo:
— ¡Paaapáááá, la abueeelaaaa!
A lo que el hombre replicó, ya sin poder fingir no haber escuchado el llamado:
— ¡Pero ábrele tú, mi amor, ¿qué te cuesta?!
La mujer soltó los trastos sucios de Juan Esteban júnior en un rincón, dejando la jornada de aseo incompleta y se dirigió rauda, refunfuñando, hacia las escaleras.
— ¡Asssh! Hay que ver... ¡Me caso con un flojo y engendro a otro!
Una vez frente a la puerta, llaves en mano, se alisó el vestido, se medio peinó el cabello con los dedos colocándose unos cuantos mechones intrusos tras las orejas y respiró profundo, tal si se preparara a mantenerse un largo rato sin oxígeno.
— ¡Suegra! ¡Qué sorpresa! —Expresó con una reluciente y ensayada sonrisa tras abrir—. No-la-esperaba —masculló entre dientes sin esforzarse en ocultar un ápice de su verdadero sentir en esa afirmación.
— ¿Qué ahora tiene una que pedir cita para visitar a su hijo? —La saludó haciendo evidente su desdén.
—No, claro que no —concedió conciliadora—. Solo que tenía tiempo que no se dejaba caer por aquí. —“¡Por fortuna!”, pensaba. ¿Y ahora de dónde sacaría energía para calarse a esa vieja tan agorera como contrario a ella lo era su nombre de pila? Es que sin duda la compusieron al bautizarla, no se explicaba tanto desatino entre un nombre y la persona que lo llevaba.
No más atravesar el umbral y ver a su hijo aparecer, la mujer le abrió los brazos convertida de repente en la representación misma de la ternura, haciendo demasiado evidente la diferencia entre la calidez con la que trataba a su más que crecido retoño y la frialdad dispensada a su nuera.
— ¿Cómo está el sol que alumbra esta casa? —Preguntó lúdica y zalamera. A lo que el hijo, cómplice, respondió casi de memoria imitando su cálido gesto de bienvenida:
— ¡Radiante! Cada día estás más y más radiante, vieja.
Su mujer los observaba con ojos achinados de recelo y labios prensados de incredulidad, entretanto pensaba “¡qué ridículo es éste par! ¿Juan Esteban no le pudo heredar otra cosa a la mamá?”. Se los imaginaba a ambos tal perro moviendo la cola ante un intento de juego del amo, y no sabía qué papel representaba cada cual.
— ¡Abue! ¡Cómo brilla usted! —“¡Otro más!”, gruñó dentro de sus pensamientos la Sra. Guillermina, pegando la vista al techo— ¿Qué me ha traído?
“Al menos me salió astuto el niño y lo hace por interés. ¡No todo está perdido!”, se consoló de pronto.
— ¡Ay, mi Juanchito! ¿No me le han enseñado que se saluda con la palma abierta, pero no con la mano extendida? Págueme primero los besos que me debe, que tiene tiempo sin verme.
El muchacho cedió a la exigencia de su abuela resignado, con una sonrisa ensayada de oreja a oreja que no dejaba lugar a dudas de a quién se la había heredado. La Sra. Guillermina, sin embargo, no reconoció el gesto propio en el rostro del hijo y hastiada de ser testigo mudo de tanto inusual desperdicio de almíbar, se excusó para atender su cocina.
— ¡Uff! Me muero por probar tu nueva especialidad al carbón, hija. —Alcanzó a oír a la suegra mientras se alejaba.
— ¿Al carbón? —Inquirió un Juan Esteban júnior confundido. Su abuela le despejó la duda entre risas:
— ¿Qué? ¿Ya no quema todo lo que pone sobre la hornilla?
“¡¿Cómo no se moría comiendo de su mano la insufrible vieja?!”, se cuestionaba frente a la olla, recién apagado el fogón, drenando la frustración sumida en un particular monólogo interno: “Es que si no fuera porque me tocaba asistir al funeral, ¡le envenenaba la comida! Favor que le haría la desgraciada a la humanidad con su partida. Cuando mucho la llorará el hijo, que a estas alturas debería indemnizarme por los daños y disgustos que me ha causado durante años su madre. ¡¿Cómo no iba a entrar en paro el pobre del marido con una mujer así a su lado?! ¡Por Dios! ¡Es que nada más por calársela y haberse casado con ella deberían canonizarlo! ¿Cómo no dejé quemar el arroz para que hablara con gusto la infausta aquella? ¡¿No podía irse a largar veneno a otra parte?! Pero no, ¡tenía que venir a joderle la existencia a la nuera...! ¿Quién me mandó, Señor, quién me mandó? ¡Con todo lo que me habían prevenido que meterse con hijo único era una maldición! “Ul sul cu ulumbru ustu cusu” —la remedó­—. ¡Vieja ridícula! ¡Y de paso sale el nieto a decirle que brilla y el hijo dizque está radiante! ¡No te digo! Solo por ese detallito me provoca dejarlos pasar hambre y no servir el almuerzo... Ah, pero lo voy a hacer solo para acortar la tarde. ¡Y que ni se le ocurra a la mujer ponerse exquisita! Porque, aunque sea el diablo en persona, no me va a temblar el pulso para correrla al mejor estilo “San Blas”: ¡Ya comiste, ya te vas!”...
Quien la sacó del encendido soliloquio fue el hijo al irrumpir en la cocina, primero merodeando como mosca y luego, cual paloma de plaza poniendo las garras y el pico en cualquier migaja o bocado que le dejasen tomar.
— ¡Ca-ca! —Lo reprendió obsequiándole una palmada en la mano que le hizo soltar al instante la pieza de pollo que había intentado robar—. Basta que le suenen las tripas y ahí sí se aparece sin que lo llamen, ¿verdad?
— ¡Ay, mamá!
— ¡Ay, mamá, nada! Haga el favor de poner la mesa, que ya voy a servir.
El hecho de llenarse el estómago pronto le despertó una vena obediente al muchacho y salió hacendoso a cumplir con el mandato.
No tardaron todos en estar reunidos alrededor de la mesa en el comedor, al mejor estilo de una familia “común”. La Sra. Guillermina creyó que el estar concentrados en llenarse la boca desplazaría cualquier conversación, más era obvio que menospreciaba las cualidades “dicharacheras” de su suegra.
—Miren a mi Juanchito. Le agradezco tanto a Dios que se parezca a su papá. Es que hasta hacen la misma mueca al masticar y agarran el cubierto igual —por breves segundos padre e hijo se observaron mutuamente sin saber con certeza a cuál de los dos se refería la Sra. Fausta—. Si el bueno de Juan Esteban estuviese vivo, ¡sentiría tanto orgullo!
Para la única que quedó claro a quién aludía de forma directa el comentario fue para la Sra. Guillermina, que daba por sentado que su suegra decía aquello porque estaba del todo negada a que el nieto le guardara parecido alguno con la madre. “Por esta vez le voy a dar la razón”, pensó, “¡es que se parecen hasta en el desorden que dejan en la habitación!”.
— ¿Y tú, hija...? Ya sé que cuidar un hogar no es tarea sencilla, pero veo que los años te empiezan a pasar factura. No sé, te noto más... ¿envejecida?
Provocó que su nuera se tensara: “no, si yo soy vieja, esta señora fácilmente pasa por museo. ¡Con la colección de arrugas que debe tener en el cuerpo...!”
— ¡Jo-jo! ¡Aja-jaajaaajjaja! —Juan Esteban júnior, imprudente, no pudo evitar privarse de la risa—. ¡Pero, abue! ¡Jajaja! ¿Cómo dice eso, ¡jaja!, con tantas canas en la cabeza?
Al padre le salpicó la gracia, mas por respeto a su madre lapidó cualquier deseo de reír.
—A mí las canas no me restan belleza —se defendió ufana, pronunciando la última palabra con toque cantarín—. Al contrario: ¡si vieran la clase de hombres que todavía se me acercan!
“¡Uf! Arqueólogos, seguro”, concluyó en silencio la Sra. Guillermina para en seguida espolear a su suegra a viva voz con un:
—No me cabe duda de que usted se conserva tan bien como una reliquia.
—Yo a mi edad todavía levanto, cariño.
“El polvo...”.
—Es más, un día de éstos les presento a Alfredo.
— ¡Maamááá! —Le recriminó el hijo, sorprendido.
— ¡¿Qué?! Una todavía puede echar un pie dentro y fuera de la pista, ¿sabe?
“Y cerca de la tumba también…”
— ¡Jajaj! ¡Papá, has visto qué coqueta está la abuela!
Lo asaltó una sonrisa nerviosa y esta vez sí, no se limitó reír. Las carcajadas de uno y otro contagiaron a la Sra. Guillermina y la risa de ésta provocó la indignación de la Sra. Fausta, a quien no le molestaba tanto que uno u otro se riera tanto como ver contenta a la nuera. Se dedicó a revolver indiferente la comida de su plato con talante despectivo y luego, adornando su rostro con un rictus severo en los labios azuzó:
—Hay que ver cómo los hijos le comen a su esposa, lo que le escupirían en la cara a su mamá...
La Sra. Guillermina, tras un notable esfuerzo, simuló dejar pasar el comentario. Se desquitó exteriorizando alguno de sus desdeñosos pensamientos.
— ¿Y a qué se dedica el hombre?
— ¿Quién? ¿Alfredo?
— ¡El mismo! ¿No tendrá relación con la arqueología, o sí?
La suegra prefirió no apresurarse a contestar.
— ¿Por qué lo preguntas, querida? —Fue más amable de lo normal, aunque eso no obró impacto en su nuera.
— ¡Porque deben de encantarle los infaustos vejestorios!
El silencio que cundió en la sala no se atrevió a profanarlo ni el chirriar de los cubiertos. Un Juan Esteban padre, tímido, intentó restablecer la paz:
—Mi amor, discúlpate con mi madre. —Fue un muy mal inicio y lo confirmó apenas un segundo después.
— ¡Que se disculpe ella conmigo por tener que soportarle!
La Sra. Fausta lanzó la servilleta sobre la mesa en un acto de evidente grosería que dejaba traslucir todo su enfado. Apartó la silla y se levantó regia haciéndole, ella sí, honores a su nombre.
— ¡Bueno, es hora de irme! ¡Espero no dejarlos en oscuridad!
Se encaminó rauda, ceremoniosa y furibunda hacia la puerta, mientras su hijo le pisaba, preocupado, los talones.
Ignoró cuánto le tomó tranquilizar a su mamá en su marcha, pero de lo que sí estuvo seguro fue de que el tiempo transcurrido no había logrado sosegar a su mujer, quien no más verlo regresar, y como si se la tuviese guardada, le lanzó sin rodeos a la cara:
— ¡Mira —los brazos cruzados y la diestra levantada con el dedo índice cerrado sobre el pulgar en señal de advertencia—, vele diciendo a tu madre que el único sol que alumbra ésta casa soy yo! Y que en su caso, cada vez que atraviesa la puerta ¡ESTO QUEDA PIOORRR QUE CUANDO HAY UN APAGÓN!!
El marido, prensando los labios en afán juguetón, preguntó divertido:
— ¿Lo dices por cuando llega o cuando se va?
El hijo, aún presente, le rió la broma. No obstante, la Sra. Guillermina lo atravesó iracunda con la vista, temblándoles ligeramente las fosas de la nariz. Se puso de pie enérgica y abandonó a sus Juan Esteban sin mayores aspavientos.
— ¡Se nos fue la luz! —Anunciaron ambos al unísono en singular sincronía.
Tras un par de risas, sin embargo, al padre de familia, con la lección ya aprendida a lo largo de años de matrimonio y buen conocedor de que entre menos la mujer exteriorizara su disgusto, mayores serían las represalias tomadas contra él, lo invadió cierta sensación de angustia que quiso aliviar de inmediato. Se lo expresó de manera retórica a Juan Esteban júnior a la vez que salía en pos de la Sra. Guillermina:
—Voy a arreglar las cuentas con la electricidad porque si no, esta noche duermo sin calefacción... Y usted, Juancho, vaya arreglando la mesa.
— ¡Ah, no! ¿Y yo por qué?
Su papá lo silenció con una amenaza velada que a Juan Esteban le recordaba su última travesura:
—Quiere la laptop, ¿no?





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Christian Schloe – The Poet

La luna llena no l'alcanza'l lobo que aúlla.
¿Dices que no le alcanza al lobo o que el lobo no la alcanza?
Ambas.
¿Por qué?
Por el vacío que le deja su lejanía.
Quieres decir, ¿por su ausencia y su distancia?
No puede prenderla ni tenerla.
¿Para qué querría poseerla o amarrarla?
Para no perderla.
Solo perdemos lo que alguna vez ha sido nuestro.
Justo por eso la admira en silencio.
En silencio no, lo rompen sus aullidos.
Es cierto. Pero ella no escucha.
Porque está ausente y distante...
O porque es sorda y ajena.
¿Y quién es su dueño?
Pregúntale a las estrellas.





No fue el beso no dado
un gesto de despedida,
ni la caricia negada
anticipo del final;
ni tu huida,
anuncio de mi partida
ni mis lágrimas,
causantes de tu pesar.
Si acaso, quizás,
la monotonía:
una mentira,
los tonos de un mono
torpe en el cantar,
una payasada mía
por ti no reída,
un esfuerzo mutuo
no sabido apreciar,
alguna memoria
gastada hace tiempo
de tanto reusarla
para aparentar
y la fotografía
fija en un momento
que otrora
comenzó a expirar.
Ahogo...
Asfixia...
Nos faltó el aire
cuando los cuerpos
se agotaron de sobrar.
La ausencia, sí,
tal vez eso:
estar lejos a un roce
hacernos ¿compañía?
tal cadáveres próximos 
a enterrar.
Y el vacío tan vivo,
tan ardiente el frío...
—Amor mío,
¿ponemos las pasiones
a descongelar?
—Tranquila, mi vida:
hay cariño en conserva
en el desván.
Vencido, de seguro;
pero ¿a quién culpamos
de no haber mirado
su fecha de caducidad?
Ahora que recuerdo...
quizá sí fue el beso
a medias
en que los labios
no se lograron saciar.
Y acaso, también,
la caricia,
desganada y triste,
que ni un trozo de piel
consiguió erizar.
Huiste y marché,
desde luego,
y ninguno
consideró regresar.
Recuerdas, después,
el aliento...
ese suspiro franco
de libertad.
Fuimos felices
al deshacernos de la carga
que nos lastraba llevar:
tú,
de mis cincuenta y cuatro
promediados;
y yo,
de tus setenta y cinco justos
sin variar.





Fotografía de Oleg Oprisco

Mirar el firmamento
a través de tus ojos,
perseguir el horizonte
en las líneas de tu cuerpo
y en los pliegues de tu piel.
Verte deslumbrar 
junto a mi almohada
al despuntar el alba,
caminarte las tristezas
y llevármelas marcadas
en la planta de los pies.
Adorarte,
redonda y plateada,
a través 
de la duermevela 
y el insomnio
cada noche,
gravitar 
maravillado 
dentro de tu ser,
preguntarle al espacio
y que me respondiera contigo
o me respondieras tú 
cada vez.
Aunque 
ya no me contestan
tu voz 
ni tu presencia
te invento
como antes
para después,
mientras en vano
me encadenas
bajo llave
en el pasado,
que seguirás 
conjugando 
en gerundio
hasta que 
me hayas 
olvidado.
Que los momentos
en los que reinó el nosotros
te pasen factura 
si lo intentas.
Que el tiempo
no marque mi ausencia 
en tus sentires
si me niegas.
“Que 
ya dejaste 
de renombrar
el universo 
con mi nombre”,
dices.
Me encojo de hombros.
De todas formas,
me quedaba grande
y siempre 
preferí
caber en ti.
Admito que,
con penas y glorias,
el mío
(mi universo)
sigue 
llevando
tu nombre,
y ahora
que en ti no quepo
no sé
a dónde 
he de mudarme
ni, 
mucho menos,
a dónde 
pertenezco.







Hay días de días en que pareces levantarte con el pie izquierdo porque todo te sale o te cae mal y empiezas a creer en que debes de estar pagando de forma tardía alguna maldición por haber roto un espejo años atrás. De pronto quieres culpar a todas las escaleras debajo de las cuales pasaste de pequeña por tu altura, a cada uno de los paraguas puestos a secar bajo techo de tu mala suerte, a todas las viejas que te barrieron los pies mientras limpiaban su casa de que no te hayas casado y a todos los gatos negros, aunque te generen simpatía, de todo lo negativo que te esté pasando. No aciertas un paso con otro, te invade una rabia descomunal y el mundo, le guste o no, se va a enterar.
Sacas un pie de casa con el mismo recelo con que lo hiciste de tu cama minutos antes y sin guardarte esperanza alguna de que la sombra agorera recién cosida a tu estampa te deje tregua.
— ¡Buenos días! —Desprende cortesía la vecina entretanto, escoba en mano, te pregunta por la salud y la familia e involuntariamente te ensucia con el polvo de la calle los pies.
¡¿Qué tienen de bueno?! Alguna gente necesitaría una especie de radar para detectar cuándo alguien no está de humor para hablar ni mucho menos para dar muestras de amabilidad. Lo piensas, pero no lo dices. Finges un gesto de conformidad, que te importa muy poco si es demasiado soez y sigues tu camino sin pestañear.
Hasta caminar te da fastidio, debe ser por ello que lo haces a una velocidad inusual, como si quisieras quemar tu ira con las suelas de tus zapatos y consumir los kilómetros por recorrer en un santiamén. Haces el baile del bobo con un par de atravesados que se creen que intentar chocar contigo en ese estado, cuando te resulta insignificante llevarte todo por delante, es una idea digna de premio.
—Lo siento. —Pues fíjate que yo no y favor que le haría al planeta sacando del medio a un montón de gente sin dirección. ¿Qué? ¿Se te perdió la brújula?
 Otra vez, lo piensas pero no lo dices. Te limitas a traspasarlo con los ojos para que te despeje la vista y sobreentienda que no estás para aceptar disculpas. Ya en el bus, sentada en uno de los asientos que da al pasillo para que nadie ose acompañarte durante tu corta estancia en ese medio de transporte, intentas serenarte. Mas es en vano, la arrechera te invade y, a ese ritmo, dirigirá tus pensamientos y movidas durante bastante tiempo. Bienvenida sea su estadía en tu cuerpo.
Alguien parece querer jugarte una broma y le escuchas reírse con un:
—Eh, ¿me permite?
Señala el puesto desocupado a tu lado que da a la ventana y no puedes dejar de preguntarte cómo es posible que habiendo tantos lugares vacíos le haya dado por coincidir precisamente contigo en ese. Cree que la broma no la entendiste y la repite:
—Permiso, joven. ¿O está ocupado?
No te hace ni un ápice de gracia tener que hacerte a un lado para darle pase. Evalúas cambiar de asiento, pero la ira que no conoce de comodidad te obliga a permanecer en él. El sujeto, quien intuye que su primer chiste no hizo efecto, prueba con uno nuevo:
— ¿Sabes? Soy un hombre solo, hace años me separé de mi mujer. Tengo dos hijos con ella que no veo mucho. Cada mes les paso algo para la manutención y eso, tú sabes, pero nada más. Tengo una sobrina como de tu edad que a veces me visita... está estudiando. Es una niña muy cariñosa. Yo trabajo en el supermercado que queda allí en la avenida, en la frutería, es un trabajo relajado. Gano bien, me alcanza para lo básico y para unos cuantos caprichos. Pero como te dije, soy un hombre solo. ¿Tú tienes pareja?
¡Qué labia tan chimba! Estás negando de asombro y rabia desmedida mal contenida y, obvio, confía en que el gesto responde a su pregunta. Sonríe.
—Podemos... Eh, yo estoy buscando una mujer que me haga compañía. ¿Sabes? Soy un hombre religioso...
¡Por Dios! ¡Mátenlo! ¿Tengo un cartel de “chica fácil busca hombre express” en la frente o qué? ¿Y con semejante historial y biografía se cree de veras que quiero tomar cupo en alguno de los “caprichos” de su lista? ¿O que porque sea un hombre “devoto” voy a sucumbir por piedad a los atractivos irresistibles de su calva con pelo aquí no y aquí sí y a la verruga velluda que me grita ¡hooola!, toda fresca y cantarina, desde su nariz?
Lo piensas y por supuesto que, aun cuando las palabras pugnan por salir escupidas de tu boca, no lo dices. En cambio, le manifiestas cínica tu rechazo:
— ¡Pues siga buscando, señor!
Te trae sin cuidado su réplica dolida:
—Entiendo. No soy el hombre para ti.
¡Viejo verde! Encima debes calarte que el chofer le tenga harto miedo al acelerador y te haga eternamente odiosa su compañía. Te provoca gritarle ¡¿dónde carrizo se sacó el carnet de conducir?! ¡Que ni en días de fuerte tráfico te había tocado subirte a un autobús con una marcha tan lenta! ¡Que su desperdicio de velocidad en un sábado por la mañana en el que puede adueñarse a sus anchas de las vías es una tamaña grosería! Pero, claro, no lo dices, solo lo piensas, mientras estudias que el coste a desbordarte la impaciencia podría ser con facilidad equivalente a bajarte sin pagarle el pasaje.
Otra cosa que piensas, pero que no haces y abandonas la desperolada o destartalada camionetica con una furia que viaja a una velocidad tres veces superior a los 30 km/h a los que iba el conductor.
De nuevo simulas desear incendiar el suelo con las suelas de tus zapatos. Un taxista figura ver fuego y encaja una de las ruedas de su coche en un charco mojándote un poco más que la dignidad y haciéndote hervir la sangre a un punto de ebullición mayor que los consabidos cien grados centígrados de temperatura. Tienes la garganta seca por la calentura y paras en un establecimiento para tomar un refresco. No sabes si el dependiente olvidó servírtelo frío o eres tú quien le ha transmitido parte de tu euforia a la bebida. Pides hielo y descubres que el más mínimo contacto de tus dedos con los transparentes y sólidos cubitos acaba por derretirlos hasta dejar un ligero vaho en su lugar. Desistes, pero el calor que te acecha y el ardor en tus amígdalas no es en lo absoluto normal.
Una mujer de ojos achinados te asalta pidiendo ayuda con alguna dirección en un idioma distinto al de tu lengua natal y que entiendes, pero que no tienes ganas de practicar. ¿Tengo cara de mapa o de guía turístico? Lo piensas, mas no se lo dices. Optas por pulverizarla con una mirada indiferente. No es culpa tuya que haya extraviado o dañado su GPS.
Dos motas de polvo de su figura consumida despiden un póstumo aliento en solicitud de auxilio. La cruzas y te das cuenta de que tu caridad también ha ardido en llamas y se ha extinguido.
Ya en tu destino buscas el móvil para comprobar la hora, no está en ningún hueco de tu cartera y lanzas un improperio al percatarte de que no lo llevas.
—Es muy temprano para estar amargada —silba alguien.
¿Ah sí? ¡No me diga! ¿Es que hay una hora específica para que el hígado te supure bilis o algún gurú de la buena vibra y el positivismo se inventó un horario emocional que prohíbe dar rienda suelta a los sentimientos dependiendo de la posición en que apunten el segundero y el minutero?
Lo piensas, sí, pero no lo dices. Te contienes reflexionando en que si le das un par de bofetadas quizá se te pegue una mínima porción de su ánimo empalagoso y dulce. Las manos se te empegostan ante la idea, a tu furia en crecimiento la concepción de tanta melcocha innecesaria junta le asquea.
Una radio cercana anuncia la hora. No te agrada el hecho de que justo ese día te haya dado por ser puntual y ahora te toque esperar a tu cita más de lo normal. Él, buen conocedor de tu precedente, de seguro ha tomado la precaución de llegar de quince a treinta minutos más tarde de lo acordado. Vuelves a recordar el bendito celular y no te alegra nada tener que resignarte a esperar.
Para el momento en que aparece, tu arrechera te dobla la estatura, es un monstruo de dos cabezas con fauces abiertas y salivantes a la defensiva. ¡Y pobre del que se te acerque! Lo observas aproximarse a ti sin protocolo y piensas que el muy imbécil o es suicida o muy valiente. Sin saber por qué, le achacas la culpa de todo. Es que viene muy orondo el coño’e madre cuando llevas más de 40 minutos esperándole con la garganta seca y un humor de perros que si me haces ladrar te muerdo. Que además es culpa suya que hayas olvidado el celular y que un animal de dos patas te haya encharcado el pantalón y que te hayas tenido que calar un viaje insufrible en autobús con un acompañante igual de insoportable. Te cruzas de brazos y le das una patada al suelo ante la frustración, recuerdas haberte traído en los pies el polvo de la calle barrido por la vecina y los pisotones del par de estúpidos que no sabían por cuál lado de la acera ir; también culpa suya, porque si no fuera por él ¡te habrías ahorrado salir!
El muy inocente o ignorante ha tomado clases de cómo lidiar con fieras salvajes en Discovery Channel. Conecta con tus ojos para leer tus intenciones, sin embargo, tú te lo dibujas tal si jurara solemnemente que las suyas no son buenas. Resoplas y despides una humarada de veneno a la que él se presume inmune. Estira una de sus extremidades con cautela, pero retrocedes a la defensiva obsequiándole un rugido colérico en el que pudo tener una formidable visión de toda tu dentadura y el lugar más recóndito de tu boca en donde nace o se pierde tu lengua. Se mantiene estoico a tu regaño salvo para acicalarse la actitud y componerse la camisa.
— ¡Uy, estás como intensa!
— ¡¿PERDÓÓÓÓN?! —No ha tocado la tecla correcta.
—No, que se te ve tensa...
Se pone en marcha tras decirlo llevándote la delantera. Es cuando agradeces verdaderamente no tener garras ya que, de tenerlas, te da la espalda así y no la cuenta. De repente te encuentras siguiéndole o acompañándole el paso y, sin saber cómo, te pierdes, aunque no en idéntico sentido al de la mujer a quien pulverizaste hace nada. Entonces él, que te agarra con la guardia descuidada, va y te suelta:
—Pareces un elefante con la trompa amarrá.
La seriedad e indiferencia de su talante te hace dudar si lo expresa molesto o divertido. Imaginas al elefante, no obstante desconoces si debe generarte pena o gracia y la confusión te produce un pequeño cortocircuito que te obliga a relativizar las últimas horas de la mañana. No entiendes de dónde ha surgido ese afán supersticioso que te ha hecho desdeñar de los espejos rotos, lo gatos negros, las escaleras, las viejas con escoba y los paraguas cuando nunca te has preocupado ni por la mala suerte, ni por tu estatura ni mucho menos por el matrimonio (a Dios gracias), si te encanta que el hombre se agache pa' alcanzate la boca y no tienes ninguna prisa por convertirte en ama de casa trabajadora. En un momento de claridad tampoco comprendes esa antipatía, que juzgas exacerbada y exagerada, hacia todo lo que te rodea e interactúa contigo.
Por instantes perdonas a la vecina, a los dos desorientados, al chofer, a la extranjera, al dependiente... A todos y cada uno de los que a sabiendas ofendiste o heriste, exceptuando al taxista y al donjuán en decadencia de media tinta; al primero por haberte dañado el atuendo y al segundo, por hacerte ver el verde de forma despectiva.
“Pareces un elefante con la trompa amarrá”. ¡Ja! ¡Qué vaina más ridícula! La cuestión te causa gracia, pero ahora, increíblemente, estás arrecha por estar arrecha y no te permites la risa. Luego, como cosa rara, cometes la primera imprudencia en lo que va de día al decir algo que no piensas:
—Es que solo tú puedes cambiarme el ánimo con una frase tan pendeja.





“Red Curtain” - Sherri Lemire

Un cuarto mustio de paredes rojas y luz mortecina. Cortinas y alfombras a juego y al mejor estilo cabaret. Una cama con dosel es el elemento principal de la escena iluminada por dos focos de luz incluso antes de que la acción comience. Uno de los personajes ya está en el escenario, inmerso en su papel. Aguarda en un extremo del mueble con pose premeditadamente sensual, vestida a propósito al descuido con una bata satinada.
El otro, permanece impaciente tras bastidores atento a su señal de entrada; sin embargo, algo en él falla, se precipita y hace su aparición a destiempo, se abalanza colérico contra su compañera de reparto y el telón se abre en el momento justo en que le dedica una serie de insultos encendidos. Ella, estupefacta y sumida en una mezcla de vergüenza e incredulidad, ve correrse las gruesas cortinas y sigue a rajatabla la consabida máxima “the show must go on” al son de Queen.

-          ELLA:—(señalándolo)—, practicante asiduo de lo efímero,
buscas protección o una respuesta velada bajo mi falda.
No sabes que en esa cuna de orgasmos recurrentes
Hay, con seguridad, más incertidumbre que calma.
Tú, que defiendes la premisa de
hacer menos turismo en las ciudades que en las camas,
pretendes, luego, refugiarte en mi regazo
como si el consuelo se incluyese en mis hazañas.
Desdeñas mi trabajo y reclamas mis favores,
yo por lo menos cobro por compartir mis sábanas...
-          ÉL: ¡Y me sales cara!
Solo he venido por placer, mujer.
Ahórrate la plática.
-          ELLA: No te ahorres tú la “platica” (lo mira de reojo con desdén).
Haberlo pensado antes de emitir palabra:
no hubieses hecho ladrar al perro si después
ibas a temerle a su rabia.
-          ÉL: Mejor dame una prueba
de los méritos que te ensalzan
y acabemos
de una vez
con este drama.
Su exigencia iba más allá de cualquier guion o libreto.
-          ELLA: No hay mérito que valga
la miseria que tú pagas.
Por la cantidad que ofreces
afuera encontrarás de sobra
quien te desnude las ganas.
-          ÉL: Antes te agradaba mi dinero.
-          ELLA: Deberías mantener la boca cerrada.
-          ÉL: Solo dime tu precio
y pon fin a tu función de puta honrada.
(Escupe el suelo con desprecio).
Para la mujer, quien entiende que no solo pretende arrojarle saliva con ese gesto, ha quebrantado toda línea ensayada o improvisada.
-          ELLA: No podrías costearlo
aunque te hiciera rebajas.
-          ÉL: ¿Tan invaluable te crees?
-          ELLA: (Niega herida e hiriente) Tan miserable te sé.
(Sale de escena).

Tras bastidores se desarma, se derrite en lágrimas. Se desprende del vestuario de utilería que le asignan cada día, desgarra la bata de satén y la ropa interior de lencería al desvestirse, se araña el rostro con una toallita húmeda intentando librarse del exceso de maquillaje, se arranca el retocado peinado, se mal coloca sus prendas y toma sus pertenencias como si creyese que con esos dos últimos gestos volviese a sí misma, mas sigue siendo una extensión de la persona o el personaje que representó. Quiere abandonar deprisa todo rastro de esa noche. Parte del local a rápidas zancadas y, una vez fuera, se siente abofeteada, por segunda ocasión, por el aire de la calle. La primera bofetada la recibió mientras actuaba cual prostituta frente al último cliente de quien tomaría un céntimo por entremezclar mucho más que sus pieles.
Entretanto se aleja sin rumbo definido, la persiguen los ojos inyectados de veneno de su prometido. “¡Y me sales cara!”, no sabe encajar la idea de estimarse barata para alguien que ama. Las palabras la atormentan sin descanso, tal si musicalizaran su desgracia, pero solo le producen una horrible cacofonía en los oídos y en el alma.  

(Se cierra el telón).





Noche cerrada. Una luz opaca ilumina a medias el portal. La señora del primer piso me ve entrar. La saludo displicente: no tengo ganas de hablar. Es tartamuda y con ella cualquier conversación, por breve que sea, parece durar una eternidad.
El ascensor continúa a la espera de que algún hechizo mágico ponga en funcionamiento las piezas de su engranaje. Las escaleras se van haciendo cada vez más íntimas de las pisadas de los residentes. Tropiezo en un tramo con uno de los vecinos del tercer piso, diestro en los apoyos de metal que le sirven de piernas mientras yo parezco pedirle permiso a mis rodillas o tobillos en la subida.
Los escalones se quejan a su marcha y dudo de si les harán más daño sus muletas o mis zapatos.
— ¿Te agarró el tráfico? —Me saluda Brenda en el descansillo. Es la única persona en el edificio que me reconoce por mi andar. Dicen que al carecer de visión es normal que se le agudice el oído, mas yo prefiero creer que distingue mis pasos porque me tiene cariño. Cosa contraria a la vieja del cuarto:
— ¡Hoy dormimos temprano y sin ruido, joven! —Me advierte o me recuerda. Solo en una ocasión celebré una reunión en el apartamento y la mujer no me ha perdonado que le impidiera o le interrumpiera el sueño.
Me pregunto cómo fue posible que no pudiera pegar ojo si, según, es sorda. Pienso que también tiene fama de chismosa y comprendo pronto que su desvelo se debió a otra cosa.
“Quinto piso”, anuncio. Voy firmando mi sentencia desde el pasillo antes de forzar la cerradura entretanto me acosa la idea de que nunca había caído tan bajo a tanta altura.
Al abrir la puerta me reciben fieles la oscuridad y el silencio. Me quedo mudo para rendirle honores al uno y dejo las luces apagadas para no espantar a la otra. El vacío, invitado puntual y frecuente, me envuelve. Me tiro en el mueble sintiéndome lisiado por la falta de voluntad y la pereza, sería un asunto insolidario destinarle a alguna de mis extremidades o mis sentidos la más insignificante tarea. Cierro los ojos sin buscar o esperar descanso, solo perder de vista al insomnio.
Un mensaje de voz se activa de forma automática en la contestadora, no lo oigo.
“Quizá sea tuyo”, susurro a nada de quedarme dormido.
—Sí... —medio escucho. Se encienden las luces, pero mantengo los párpados presionados. No sé si desvarío o estoy soñando.
— ¡¿Cómo has entrado?! ¡¿Qué haces aquí?!
¿Gritos o murmullos? Sudor en las manos, un hiriente objeto de metal me transmite su frío. Ignoro si estoy despierto o es una pesadilla, repito.




Fotografía de Amandine van Ray

Las casualidades no existen. Mientras lo compruebo puedes creer en el azar o el destino. Sin embargo, solo somos parte de una red en la cual se entrecruzan a diestro y siniestro causa y efecto. A Joe le entretenía manipular a mayor o menor escala las hebras de esa red, sentirse de algún modo hacedor de sus consecuencias. Para Esther, no era propiamente lo contrario, mas digamos que prefería esperar a ver lo que le deparaban las estrellas. Un sábado ajetreado, con la oscuridad cerniendo sus garras sobre la ciudad, sus pies la condujeron a cierto antro, o eso le gustó pensar. Joe, por su lado, con maña aprendida de titiritero, ya se encontraba en el lugar...
— ¡Y así estamos: cagándola y dejando que nos caguen! —Bebió hasta el fondo y depositó el vaso sobre la barra con un fuerte y tosco sonido, para luego abstraerse en elucubraciones atravesando con la vista el moldeado y cilíndrico cristal.
—Si te imaginas al mundo como un gran excusado, no puedes más que toparte con mierda a tu paso —escuchó de quien justo tomaba asiento a su lado. Miró de soslayo, la estudió con toda la discreción y disimulo de los que te permiten hacer uso las mujeres atractivas, detallando de arriba abajo, ida y vuelta, su figura.
—Es muy fácil decirlo desde unos lombardi  —objetó y, para aliviar el nudo que se le hizo en la garganta o para enmascarar que su manzana de Adán se movía porque debía tragar saliva antes de babearse la camisa, se llevó nuevamente el vaso a los labios pasando por alto que estaba vacío. Algo ofuscado, un simple gesto bastó para que el bartender le sirviera otro trago.
—Loubutin —escuchó acompañado de una lacónica risa.
— ¿Qué?
—Si te refieres a la marca de zapatos, es lou-bu-tin.
—Me vale cómo se pronuncie...
—Para tu información, acá no la importan. Y nada que ver conmigo, por cierto.
— ¿Quién sabe? Las prendas hablan por su dueño. –Esta vez le pasó re-vista insolente.
—No me digas, cliché andante. ¿Te suena aquello de que todos los hombres son imbéciles? Contigo al lado, empiezo a tomármelo en serio.
Antes de mostrarse ofendido prefirió darle la vuelta a su argumento:
—En la mayoría de los casos, cuando una mujer generaliza con el sexo masculino, con seguridad, y a menos que haya tenido la fortuna o desventura de recibir de piernas abiertas al mundo, solo se está refiriendo a los pobres desgraciados (no se sabe si por naturaleza propia de ellos mismos o por obra de ellas) con los que se ha cruzado... Tú no pareces haberte cruzado con muchos. A ver: me apuesto el siguiente trago a que tres o cuatro cuando más y sin excluir a tu padre y tu hermano del conjunto. Así que en la vida solo te has involucrado con dos… ¡y con suerte! Mal que te pese que ambos te hayan resultado igual de... ¿imbéciles?
—Reafirmo lo dicho. A propósito, me debes un trago: soy hija única, tarado.
— ¡Así que solo uno! ¿En serio? —Rió cínico sin ápice de comedimiento—. No sé si sentirme halagado de que hayas visto un reflejo de todos los hombres del mundo en mí o reírme de que tu entorno masculino sea tan reducido como para empezar y acabar conmigo.
— ¿Es así cómo evitas que el número de “citas” de a quien conquistas no superen las tuyas? —Tras hacer una mueca despectiva, replica ligeramente afectada—: La verdad, no sé en qué cabeza cabría compararte con el resto.
— ¿Es eso un cumplido?
Por primera vez Esther le devuelve la mirada, presuntuosa, aguijoneándolo satisfecha con sus pupilas. De pronto, se encienden las luces del local. La suerte de música ochentosa que lo ambienta es interrumpida al tiempo por un estallido. Tres sujetos armados se abren paso sin dificultad entre la multitud mientras escupen órdenes a diestro y siniestro: “¡manos arriba!”, “¡todos abajo!”, “¡desháganse de sus pertenencias!”, “¡a la menor vacilación les volamos la cabeza!”. Una oleada de terror, gritos y pasos desesperados arrasa al establecimiento. El ruido de un par de detonaciones es suficiente para someter a la mayoría de la concurrencia. Ella, imperturbable desde la barra, se dirige tal si nada al mozo:
—Un Martini para mí y lo que guste para usted, invita el charlatán de aquí. —A lo que el empleado rechazara cortésmente el convite alegando que no le estaba permitido beber durante el turno, añade: —Pues cóbreselo como importe adicional en la propina.
—Es un muy lindo gesto de tu parte malgastar a tu antojo mi dinero. —Protesta un Joe sonreído y su diversión es entorpecida por una orden que rechaza al momento de oírla:
— ¡He dicho “al suelo”, par de tórtolos!
—Ahora no, estamos muy ocupados por aquí —tras decirlo retoma o continúa el diálogo con la mujer haciendo gala de una tranquilidad pasmosa—. ¿Sabías que el que llevas es mi color favorito?
— ¡Oh! No me diga que no tiene espacio para un asalto en su agenda... —replica el delincuente—  ¡Eeh, Sybil: el presidente de Imbéciles y Compañía se cree que para los atracos hay que pedir cita!
— ¡Idiota! ¡No uses nuestros nombres de pila! —Lo reprende alguno de sus compañeros de crimen.
“Principiantes...” Determinaría un par al unísono, entretanto el local parecía transformarse en el escenario de dos tramas entremezcladas y desarrolladas en paralelo.
—Seguro que “tu color favorito” encierra una gama muy variada que se adapta al atuendo de la chica de turno —azuza Esther...
— ¿Se han fijado en que voy armado? —Intenta llamar la atención el malhechor.
—No sé quién caería con eso. —Agrega Esther subiendo las cejas y sonriendo descarada. Su observación busca alcanzar dos objetivos con una bala.
Al bandido le basta con un “¡ya les muestro!” para anunciar que en breve desencadenará un brote de violencia a la vez que Joe, pillado desprevenido en su propio truco, rebate el argumento de Esther lanzando por lo bajo:
—Te sorprendería el número. —A lo que ella, enlazándolo con algún punto inicial de la conversación, contraataca pícara con un:
—Lo mismo digo.
Sin bajar la guardia en su ensayado ritual de galanteo, Joe le obsequia un guiño que dura más de lo acostumbrado al percibir el aliento de una ráfaga de balas demasiado cerca de su ojo derecho. Ni tiempo tiene de dedicarle su desdén y desaprobación al emisor cuando lo ve acosar a la mujer en la barra y manosearla tal si escogiera una verdura en el supermercado. El siguiente comentario del individuo le aclararía que aunque no hubiera acertado la especie, aquel si la estaba viendo como alguna clase de alimento.
 — ¡Uff! ¡Puro lomito y punta trasera! Y yo con ganas de comer... ¡Grrr! —Bramó cual primate en celo—.  ¡Eh, jefe, ¿no podemos dejar el trabajo para después?!
— ¡Más hambre pasarás tras rejas donde nos caiga la poli, inútil!
—Aparta tu mano de cuarta de esas carnes de primera —intervino Joe, provocando que el hombre se sintiera ofendido no por el descenso de categoría, sino por la alusión despectiva al dedo faltante en su extremidad izquierda. Ignoró que también había logrado ofender a Esther, quien aprovechó el breve desconcierto de su captor para asestarle un rodillazo en las ingles y, ya libre de su acoso, lanzarle unas palabras a Joe a modo de desquite.
— ¿Sabes? Tu visión es contagiosa.
— ¿Sí?
—Te veo y no tengo que recurrir a la imaginación para sentir un impulso irreprimible de tirar de la cadena del retrete.
Al terminar la frase subió ambas cejas, relamiéndose. Volvió a su Martini y, consciente de ser vista, jugueteó con la aceituna entre sus labios antes de devorarla con los dientes. La imagen aturdió por segunda vez al delincuente, que ya se encontraba consternado por el dolor en su entrepierna; pero mayor conmoción hubo de causar en Joe, quien no dudó ni tardó en trasladar el cuadro a un contexto más obsceno, en el cual encontraba una manera placentera de compensarse por las palabras recién oídas. Tras segundos de deleite, señaló:
—Yo, al contrario, me lo pensaría dos veces. Sé que jamás podría plasmar en la porcelana unas heces tan bonitas como las que tengo enfrente. Es más, no me importaría en lo absoluto dañar mis zapatos si me tropiezo contigo.
—Espero que eso no sea un halago, porque es de lo peor que he oído.
—Pues vamos casi empatados porque no recuerdo haberle permitido nunca a mujer alguna insultarme tal cual lo has hecho y salir ilesa de ello —sus ojos la atravesaban con resentimiento mal curado.
— ¿En serio te dejaste atacar por una chica estando armado? —El comentario, proveniente de algún otro integrante de la banda, iba dirigido al atracador pero igual podría estarlo para Joe. En vano intentó defenderse el aludido:
—Eh... ehh...
—Suenas un tanto... dolido —esta vez se dirigía Esther a Joe, aunque de igual modo podría apuntar al balbuceante atracador—. ¿Debería mostrar arrepentimiento?
— ¡Bah! ¡Ya me encargo yo de esos dos! —Exclamó al límite del hartazgo otro de los novatos asaltantes.
Joe chasqueó la lengua en tono negativo, un gesto que podría significar una réplica o advertencia tanto para el malhechor que se acercaba como para Esther, antes de añadir:
—Deberías tenerme miedo.
Una sonrisa socarrona cruzó su rostro, dio un paso hacia la mujer que no vaciló ante su avance. El más osado aspirante a maleante les dio alcance e intentó separarles, pero se vio obligado a frenar en seco ante un trompazo disparado por sorpresa por el puño de Joe. Para mayor irritación del individuo, Esther, cómplice, quebró la copa del Martini sobre su cabeza luego de terminarse ceremoniosa el contenido. Con todo, lo que más lo enfureció fue escucharlos decir al unísono:
— ¡Idiota!
No tardó en comportarse como tal. En un alarde exagerado e innecesario de fuerza bruta se abalanzó sobre una mesa cercana y la lanzó hacia el lado opuesto de la estancia. Se escucharon gritos entre la concurrencia y más de uno se desvivió por poner su anatomía a resguardo de la trayectoria errática del mueble. A punto estaba de repetir su temeraria acción cuando...
— ¡¡NI TE ATREVAS!! ¡O te romperé la crisma con ella! ¡¿Tienes idea de cuántas semanas de paga, incluidas tus propinas, cuesta?! ¿¡QUÉ PITO! toca este gentío aquí si se supone que hoy ¡NO A-BRI-MOS AL PÚ-BLI-CO!? ¡Brando! ¡BRAAAANDO!! ¡¿No oyes que te estoy llamando?! ¡¿Dónde estás, cretino?! ¡VEN Y DAME LA PUTA CARA PARA ROMPÉRTELA A PATADAS! ¿Para esto te dejo encargado del local? ¡LAAAAAAAAARGO!! ¡¡Todos fueeera!!! ¡DE-SA-LO-JEN! ¡Joe! ¡Sybil! ¡¡Quiero esto en orden antes de que pueda firmarle a cada uno y al incapaz de Brando una carta de despido!! ¡¡Y MÁS LES VALE QUE ESAS BOTELLAS NO SEAN DE MI BODEGA!!! 
—Eh... ehh... ¿jefe? Es solo, je-je, una... drama-tización. En lo que...
— ¡¡ME IMPORTA UN REVERENDÍSIMO CARAJO!!! ¡Dan menos problemas las piedras en las pelotas!! ¡MUÉVANSE, MIERDA! ¡BRAANDOOO! ¡MALDITO SEAS, MUCHACHO! ¡Esta sí que no te la paso!!
A regañadientes la mayoría acató sus órdenes, el resto se debatía entre marcharse sin más o continuar con las instrucciones de un previo y estructurado plan. Joe siguió los pasos de Esther junto al primer grupo para interceptarla una vez afuera.
—Tus amigos son muy malos actores —apostilló ella con cierta suspicacia antes de que él tuviera oportunidad de emitir palabra, hallándose inmersa en una extraña telaraña cuyos hilos no había logrado ver.
—Yo diría que tus actores son muy buenos amigos —resaltó Joe tentando al destino, dudando, una novedad para él en esa noche, de los efectos de sus actos.
A esas alturas ambos ignoraban hasta qué punto cada cual había sido parte actora o manipulada, y aunque tenían la certeza de que ambos habían recurrido a su tiempo a Brando, también sabían de sobra que aquel no iba a aclararles nada. Joe, esperanzado, jugó su última carta:
— ¿Salimos?
—Ya estamos fuera... —Esther entendía en calidad de qué hacía la pregunta, pero quería tejer por su cuenta el final.
Joe se sonrojó apenado. Era como si de repente hubiera perdido el dominio de las riendas y ya no supiese a dónde iría a parar.
Esther se le aproximó resuelta, disminuyendo vertiginosamente la distancia entre ellos; fingió juguetear con su chaqueta y susurró retándolo con la vista:
—Debería tenerte miedo, ¿no? —El hombre sonrió tímido y luchó contra su azoramiento rascándose torpe la nuca—. Necesitas mejorar tus técnicas de seducción —añadió como frase de despedida.
Joe la vio alejarse confundido y por hacer algo, más que por otra cosa, se ajustó las solapas de la chaqueta. Extrañado, se palpó el bolsillo delantero, lo revisó y río sin comedimiento para luego gritar a espaldas de Esther:
— ¡Y tú tus maneras de decir adiós!
Entusiasmado y mudado de sí mismo ante el asombro regresó al local, tropezó con Brando en el portal:
— Dime que por lo menos ha valido el “numerito”... No sabes lo que va a costar calmar al boss.
—De más. ¡Ya tengo el suyo!
Joe le muestra triunfante la tarjetica recién sacada del bolsillo de su chaqueta. El nombre de Esther y su teléfono están en ella.



—Hasta siempre, Aldo. ¿Nos vemos en el espejo?
—Estaré justo en tu reflejo.



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