Esa noche en la playa mientras todos dormían y me quedé en vela dizque a causa del insomnio, mentí. En realidad esperaba que la nocturnidad y el mar se aliaran para darnos cita, que de pronto tú, tentado no solo por el oleaje y la brisa cantarina, salieras a hacerle cosquillas a la arena con tus pisadas y me encontraras allí frente a la orilla tomando un baño de luna al tiempo que las estrellas se desparramaban sobre nuestras cabezas. Esperaba quizá oír a mi espalda tu voz sibilante (para no asustar a nadie), el roce de tu cercanía a medio vestir desnudándome también las ganas de impactar con mi boca más allá de tus labios. Esperaba que la soledad nos cubriera con su manto otorgándonos algo de intimidad y tener tus ojos oscuros ofreciéndome un paisaje en el que solo brillase mi silueta. Pero no. Me quedé oteando la distancia, el horizonte sombrío y descompuesto, en tanto que las olas salpicaban incertidumbres en mi rostro y en el tuyo, allá paredes adentro, se balanceaba el sueño entre tus párpados cerrados.
Luego me enteré de que el frío o tu cobardía te hicieron fingirte dormido. Yo estaba más libre de lo que quería y tú, encerrado tras puertas...
No fue el insomnio. Fueron las ansias de que aparecieras para jugar como tontos, en la orilla y a la luz de los astros más nobles, a la sirena que seduce al viajero y al tiburón que, sin delatar del todo sus intenciones, se come a su presa...
— ¿Te acuerdas de aquel viaje?
— ¿Cuál?
—El que hicimos al final del curso a aquella isla. Nunca tenías sueño por las noches, salías a sentarse frente al mar y yo no podía dormir pensándote sola allá afuera; entonces me escabullía a vigilarte en mitad de las sombras. Para ese tiempo estábamos desarrollando el proyecto del cambio climático y habían levantado alerta por huracán. Supuse que eso te tenía intranquila, aún así parecías suicida yendo cada noche a retar a las aguas desde la orilla. A los demás aquello les parecía una completa insensatez y te llamaban “sirena” entre bromas. Según ellos jurabas que al diluviar te saldría cola, de allí que prefirieras quedarte a la intemperie. Todos estábamos igual de asustados porque desconocíamos qué tan graves eran las amenazas de tormenta y reír de cualquier cosa nos relajaba los nervios. Por fortuna fueron puros rumores, o de lo contrario nos habríamos visto evacuando de emergencia la isla. De tanto espiarte durante tus escapadas, uno de los chicos me puso el apodo de “tiburón”, ya entenderás de dónde salió el comentario por el cual siempre levantabas las cejas con curiosidad, ese que me aludía, también entre bromas, como un mal depredador por rondar demasiado a la presa sin acabar de devorármela. El problema era que la presa nunca fuiste tú, sino yo... todo hecho un embrollo mientras, por contra, miraba tus cabellos desenredarse en el viento. Te aseguro estar tentado de acercarme con cualquier excusa solo para verlos bailar entre mis dedos y disfrutar de más cerca del contraste de la luz nocturna sobre tu piel, pero no sé por cuál razón di por sentado que mi compañía te molestaría. Lo confirmé esa última noche cuando de pronto volteaste desde la arena para otear la oscuridad con hastío, tal si algo te hubiera incordiado. Al verte poner de pie dispuesta a regresar, me apresuré en llegar antes que tú a la cabaña, no fuera a ser que sospecharas de... En fin, justo cerré los ojos se abrió la puerta, entraste y susurraste “cobarde” antes de acostarte. Salvo nosotros, no había nadie más despierto. Al día siguiente y los posteriores a ese no nos vimos... Desde entonces no paro de preguntarme si te referías a mí.
Se hace el silencio, la chica sube las cejas con curiosidad... No, con sorpresa. De nuevo se queda oteando la distancia, el horizonte sombrío y descompuesto, mas esta vez no hay olas que salpiquen incertidumbres en su rostro. Piensa, en oposición a sus primeros pensamientos, en que después de todo sí jugaron como tontos a sirenas, viajeros, tiburones y otros cuentos. Se le escapa un “cobarde” en plural de los labios y luego suelta sibilante dejando al chico desconcertado:
—No era insomnio...






Viajar en transporte público siempre me ha parecido una odisea, salvo cuando apenas va lleno y al conductor no le da por colocar música de su preferencia. Al ritmo del “entren que caben cien” impuesto por el colector me subo a una unidad y me introduzco hasta el final del pasillo. ¡Bingo! Me toca con los cincuenta de pie y forzosamente hay lugar para uno más. Pero el chofer ni se entera, que va en primera y, aparte de contar con suficiente ventilación, allá no llega el aroma celestial del que cabecea en su asiento con vete tú a saber cuántos tragos (o botellas) de alcohol de más, ni la interesantísima conversación de las comadres que hablan de las amantes del compadre a viva voz, ni los sutiles codazos de quienes buscan mejor acomodación, ni los berrinches del niño malcriado que se granjea cualquier cosa a punta de llanto, ni el cóctel de perfumes que amenaza con provocarte estornudos... ¡Mmm! Alguien se ha traído un perrito caliente, full cebolla, bajo el brazo y otro se lo ha desayunado. ¡Y vaya! No hay una sola ventana abierta cerca, para variar...
El hombre conduce indiferente, no cabe un alma en el transporte, aún así hace parada confiado en poder comprimir personas tal como se comprimen archivos en el disco duro de la PC.
— ¡Pero bueno, papá, ¿dónde los vas a montar?! —Se queja un pasajero.
— ¡Córranse para atrás! ­—Replica el conductor.
— ¡Pa’trás, pa’trás, que está vacío! —Lo secunda a gritos el colector parapetado en las puertas del autobús.
Alguien me pisa un pie y agradezco no llevar sandalias, con tanta gente apretujada la cosa parece un sauna en donde, lejos de estar a un paso de la relajación, se está a nada de la muerte por asfixia. La señora apoyada a mi costado me encaja sin querer o a propósito una de las esquinas de su cartera y, mientras ruego por llegar pronto a destino, ignoro si me quedo sin aire o acaso me lo están robando... Si así es gratis, va a tocar pagarlo.
El conductor frena de forma intempestiva y la mitad de pasajeros, uno junto o sobre el otro, se inclina peligrosamente hacia el parabrisas. A una tercera parte le falla el equilibrio, yo entre ellos termino balanceándome sobre el asiento frente a mí y aterrizo, también de manera inesperada, contra otro pasajero. Mi pecho da de lleno en su cara, la cual arruga tal si le hubiera estampado en la cabeza los melones de Lolo Ferrari y no un par de limones (quizá justo por eso); por cómo entrecierra un párpado presumo que ha debido de salpicarle alguna gota ácida en el ojo. Amago una disculpa en tanto me recompongo y él pronuncia algo a medio camino del “tranquila” y el “descuida”.
Pero ni lo uno ni lo otro, con el frenazo nadie en la unidad pierde cuidado y los pasajeros se alebrestan. A la chica sentada unos puestos más allá retocándose el maquillaje un rayón negro le divide en dos partes asimétricas la frente, se voltea hacia su compañero y éste exclama:
— ¡Chaaacha, si todavía no es Halloween!
Más acá a la señora que alimentaba al hijo sobre sus piernas se le derrama el jugo sobre la blusa y se le vuelca el tupperware. Ajena a la prohibición de comer en el medio de transporte impresa en el respaldar de los asientos, sin ápice de vergüenza y sin temor de ponerse en evidencia reclama:
— ¡Cooño vale!! ¡¿Me le vas a montar otra arepa al carajito?!
Justo al lado un enano berrinchudo se dedica a golpear con saña el asiento del frente. El señor quien lo ocupa ni se inmuta. Yo en su lugar hubiera girado la cabeza como la niña del Exorcista y, también como Medusa, hubiese petrificado en el acto a madre e hijo con la vista. Otra chica que asiste la pataleta de pie pone los ojos en blanco, una señora lanza por lo bajo:
—¡Ay! Mis hijos me hacen algo así ¡y los muelo a palos...!
—A los niños no se les pega —discrepa algún otro.
—Nooo, ¡pero de vez en cuando no está de menos mostrarles para qué sirve la correa!
Una vocecilla inocente e impertinente pregunta sin pelos en la lengua:
— ¿Pá, a las viejas cacatúas quién les pega cuando se portan mal?
La señora se sabe aludida, se enseña ofendida y carraspea. Se contiene también de propinarle un pescozón a la criatura.
El borrachín reacciona lo justo para canturrear con voz grave y rancia:
— ¡Ero sigo sieeen-do’l reyyyyyyyyy! —Tras de lo cual cae de nuevo como mendigo, lo destrona un buen golpe en la coronilla.
Los eventos transcurren al unísono al tiempo que la cuarta parte de los pasajeros se deshace en quejas e insultos hacia el chofer y luego hacia el colector, quien sale siempre en defensa del primero. Sin siquiera calmar a la concurrencia, en la próxima parada se desviven por llenar hasta los tequeteques la unidad:
 — ¡Suban, suban! Que hay segundo piso.
—¡Na’guará! ¡Lo tendrás en construcción...! —Salta alguien indignado.
— ¡Hasta el techo si te da la gana, pana...! —Ironiza otra voz.
A todas estas el hombre del asiento frente al que estoy de pie refiere:
—A ese par lo van a linchar y me voy a perder el funeral.
Rio por dentro, luego la risa brota como un graznido. Él ríe entre labios, despierta, tarde, su lado amable o recuerda alguna clase de caballerosidad y, tras decidir renunciar a la escasa comodidad de su puesto, me lo ofrece. Lo rechazo cortés, ya estoy cerca de mi destino. Además, la mujer apoyada en uno de mis costados afinca con mayor ímpetu la esquina de su cartera en mis costillas tal si empuñara un arma en mitad de un asalto. Capto la amenaza latente, se lo cedo de buen grado.
Entretanto, el hombre no sabe de qué forma colocarse en el pasillo, su estatura le impide erguirse por completo dentro del vehículo y se ve obligado a flexionar el cuello en demasía.
— ¿Qué? ¿Esperabas poder ver el funeral de pie? —Me burlo, por supuesto, al tiempo que recuerdo al jorobado de Notre Dame. No obstante, a diferencia, éste ni gaguea, ni titubea ni cosa igual. Azorado, cambia de tema y me busca conversa. Suspiro. A ver a dónde mando la apatía...
Y el niño llora que llora, el borracho sigue casi inconsciente alterando el aire a cabezazos con su tufo rancio, entre la gente y las pocas ventanas abiertas hace un calor demencial; la chica intenta maquillarse por tercera vez, el rostro se le derrite, aún se le nota el rayón y aprovecha de pasarse una servilleta por la frente para deshacerse del sudor; las cotorras, digo, las comadres que no ahorran ni cuentos ni saliva dale que dale a la lengua, al marido de no sé cuál (cuidado y no los de ambas) le deben picar horrible los oídos; y continúan las quejas y los gritos de los pasajeros, del colector y del chofer...
— ¡Mano, que no llevas puercos!
— ¡Hagan el favor de correrse hasta el final del pasillo! ¡Ahí sobra espacio, gente!
— ¡Éstos sí son arrechos!
Después de vadear un oleaje de personas de un extremo a otro del pasillo, me hallo por fin fuera del autobús, en la acera. Baja también quien me cedió el puesto, por lo visto coincidimos en destino. Al fin nos miramos y reconocemos sin tanto impedimento alrededor o de por medio. No voy a decir hacia dónde se dirige mi vista, aunque por la dirección de la suya... Ah, qué curioso, va a ser que no le importa el tamaño del fruto sino su jugo... Intuyo que desea limonada. Las malas intenciones me impelen a sacudir algo más que los hombros al ritmo del “¡azúúúúúcar!” de Celia, tal si imitara a Mel Gibson hacer lo “suyo” con lo “suyo” frente a Helen Hunt en una escena de Lo que ellas quieren, sin embargo mi malicia podría ser malinterpretada y me contengo.
Pronto descubro que mi intuición no me traiciona. Lo confirma la frase que, con guiño incluido, expelen sus labios:
— ¿Y si me das tu número?
Sonrío entre irónica y divertida. La camioneta es puesta de nuevo en funcionamiento y continúa su recorrido ahora al son del “Esto es lo que hay” de Los Amigos Invisibles, a todo volumen. Seguro que un par intenta acallar de algún modo las quejas de los usuarios...
El colector, que nos tiene a ambos en la mira, se monea en la puerta del transporte y, mientras éste se aleja, nos despide con un:
— ¡Dedícasela, chaaaamo!!





Jugamos en el bosque dando al lobo por ausente solo porque tardó en golpearnos su aliento nauseabundo y por un segundo de gracia el filo de sus colmillos le dio paz a nuestra carne. Caperucita sí existe. Su capa roja resbala líquida por esa piel que antes cubría nuestra mutua desnudez, la misma en la que hoy ya nada vive. Te vas como me fui, o, ¿no existimos? ¿Qué fuimos? ¿Un secreto? ¿Un deseo mustio que no resistió siquiera al viento? ¿Veneno? ¿Un grito de horror cuya euforia caducó...? Amor que sin nacer murió, mutó y mató. 



The cover up - Erik Johansson

—Me he visto a través de las cortinas, el rostro tenuemente reflejado entre la tela. ¿Te has visto tú?
—Sí, siempre me veo. En los espejos, digo.
—Ah, te gustan las cortinas transparentes.
—No cuando están empañadas, aunque la visibilidad no cambia.
—Yo prefiero las cortinas de agua. Pero son un poco confusas, ¡estén calmas o agitadas todo lo moldean a su conveniencia!
— ¿No será más bien el agua la moldeada?
—No. Es demasiado escurridiza para meterse en formas. Ella solo... se adapta.
—Mmm, yo prefiero las cortinas de humo. Al rato las ves... al otro no. Es como jugar a las escondidas.
—Es como tener ninguna.
—Y quedar oculto al descubierto...
— ¿Estás fumando, cierto? He escuchado un silbido.
—Por supuesto —le da una honda calada al cigarrillo—. El tabaco me lo calo gratis, pero a ti solo con el vicio —se oye otro silbido—. ¿Y tú? Te estabas duchando hace nada, ¿verdad? También he oído el agua...
—Te equivocas, ha de ser que chocheas y con los años que cuentas... Ve a ver si no dejaste la llave del fregadero abierta.
Cuelga petulante, interrumpe la visión de su silueta contra el telón impermeable del baño y se desliza bajo la ducha. Entretanto su interlocutor hace amago de levantarse del asiento en que reposa tal si siguiera la orden o la advertencia.
— ¡Me lleva...! —Manotea obstinado dejándose caer de nuevo y pesadamente sobre los almohadones mullidos del mueble—. Hasta cuando no está fastidia la muy...
Tras otro silbido el final de la frase se esfuma al igual que el cigarrillo.





Lo conocí cuando el descreimiento me reventaba los ojos y la paciencia, y enarbolaba el escepticismo cual bandera y me burlaba a mandíbula suelta y sin reparo de las zalamerías y palabrerías con las que suelen revestirse los enamorados.
Nunca le mencioné lo ridículo que se me hacía su forma de cantar los desamores, tan alto y doliente como si el apocalipsis se materializara en sus sentires, tan hondo e hiriente como para no poder evitar hundirte ni ser por completo inmune.
Iba por allí paseándose como melodía rota o guitarra sin cuerda y yo terminaba deseando, no sé cómo ni por qué, componer los acordes de la una y las carencias de la otra.
Hubo un tiempo en que lo odié cada día sin falta hasta el punto en que pude responderme cómo se podía aborrecer lo querido y viceversa.
Entre remiendo y remiendo me quedó mucha tela por cortar que él no quiso usar ni yo botar, lo recuerdo. Hay trajes que no quedan como queremos.
Recuerdo también que cuando entendí su tragedia interna me sentí patética. La ira y la tristeza jamás habían librado en mí una lucha tan intensa. Rabiaba que dolía y dolía hasta la furia. Eso sé. Y entonces me conocí sin la carcajada descarada y las palabras desfilando tontas por las comisuras de mis labios, hube de haber desafinado en más de una tonada en que la alegría ideada y no concebida, de tanta pena y silencio, se tornó en des-dicha.
Por largo rato me acompañó esa asfixia ardiente que se te instala entre la garganta, la nariz y la boca como un grito atravesado, aunque nunca manifiesto y que te hace boquear como pescado al borde del desespero. A nadie le deseé tal angustia. Deben de existir mejores maneras de hacerte ver que en ti hay vida.
Hasta ayer he andado con ese tú y yo con entrecomillado sarcástico y puntos suspensivos atorado en el pescuezo, esa manía de voz rota y temblorosa suscitada por los nervios cada vez que él se anunciaba en mis sentires ha mudado a un talante sobrio y frío que parece despedirle.
Ya no es para tanto lo que fue para nada y eso justo he sentido cuando este mediodía el sonido de su voz al teléfono me acarició el oído.
—Hola, ¿quién habla? —Dijo. Y yo, que en mi mente tenía un “hola, bonito” al mejor estilo de Jarabe de Palo en su versión más afinada y alegre, me anudé la lengua y, antes de colgar, maté el adiós adherido a ella.





Era 2 de noviembre, Día de Muertos, y aunque no enterrábamos a nadie, no entendimos cómo era posible que se nos murieran tantas cosas juntas. Llegamos a la celebración con más kilos perdidos de los que habíamos ganado en todo el año, con las prendas cosidas a punto de remiendos para que no nos holgaran sobre el cuerpo. Entre los presentes, los que jamás habían tenido que pasar la noche dentro de un féretro, iban preparados para hacerle competencia a cualquier muerto viviente y se dedicaban entre sí muecas y expresiones de sorpresa y espanto al darse cuenta de que el esqueleto les asomaba de a poco a la carne. “¡A lo que hemos llegado! ¡A lo que hemos llegado!” Era la frase oída y pronunciada de manera más frecuente. Muy importante el detalle de recitarla por cada ocasión dos veces seguidas como para resumir o resaltar el consabido estado de crisis general.
— ¿Ya vio? Tampoco se consigue...
—No sí, pero viene con precio nuevo.
— ¡¿En dónde?! Póngase a creer... A ver pa’ cuántos alcanza...
— ¡Otra vez! ¡Miaaalma! ¡Pero si ya lo habían aumentado hace dos semanas!
—Pues, ¿qué te digo? Para lo que les importa... ¿No esperabas recibir el año nuevo con los precios de ayer?
—Año nuevo... ¡Jum! ¿Y sí llegaremos?
Las conversaciones giraban siempre en torno al mismo tema o convergían en un mismo desenlace, era como si cada cual llevara diferentes bobinas con idéntico hilo conductor.
— ¡Y me lo pregunta a mí! ¡Aquí hay que pedirle permiso a la economía y al hampa para vivir!
—Si es verdad. A una vecina se le metieron a la casa a robar y le dieron cuatro tiros al hijo.
—Corrió con suerte. Hay miles a quienes no se la dejaron contar.
— ¿Contar? Está por verse... En un hospital sin insumos y con la madre corriendo de aquí pa’llá buscándole medicamentos...
— ¡Agotados!
— ¡Sí, señor! Nada nuevo bajo el sol.
—Que está que arde, por cierto.
— ¡Mire! Va pasando un avión.
—Ah, sí. ¿Se fijó? Vuela a la misma altura que nuestra inflación.
— ¡Ja! Y la escoria aquella decretando aumento salarial cada dos por tres...
—Esto hace rato que se estancó, mijo. Nada que avanza...
— ¿La cola o...?
— ¡Bah! ¡Va a preguntar?
A ese punto de la discusión no era raro estar cerca de oír:
—Donde esto siga así, agarro mis maletas y...
Un “y” con tres puntos suspensivos que no hacía falta completar.
Sin embargo, para Ignacio, el mensaje seguía igual de inconcluso cuando lo oyó:
— ¿Y...? —Preguntó.
— ¡Y me voy!
— ¿A dónde? ¿Vuelves a casa de tu mamá?
— ¿Qué sentido tendría irme a treinta minutos de aquí?
— ¿Irte? ¿Por qué?
— ¿Cómo que por qué? Las mañanas sin café, el agua sin llegar, la luz que se va sin avisar, los estantes y la nevera vacíos, no saber dónde esconderme el teléfono o la plata cuando voy en el metro o la camionetica, estar siempre de los nervios cuando voy por la calle, tenerle terror a estar fuera de casa luego de las seis de la tarde, no distinguir entre un policía y un criminal; que si a fulanito le volvieron a robar, a sultanita la mataron y a menganito lo acaban de secuestrar ¡otra vez!; que te la cales, ¡cuidado: sin pro-tes-tar!, porque aquí tus derechos son un delito; que no hay esto ni aquello y que de lo otro tampoco va a haber, que si o haces cola o trabajas, que si el salario no te da y ¡ni te molestes en ahorrar...!
Hizo una pausa para tomar aire y el silencio fue interrumpido por el sonido de su estómago reclamando alimento.
—Ah..., ya entiendo. Siempre te pones de mal humor cuando tienes hambre.
— ¡A ver en qué episodio de esta tragicomedia maldita y socialista se me quita...! —Estalló fúrica.
—Ahí quedaron unas...
—“Arepas de plátano con jugo de guayaba y papelón...”. —Recitó entre dientes por lo bajo—. ¡Estoy haarrrta del parapeteado y re-pe-ti-do me-nú!
— ¡Pero, ¿qué quieres...?!
— ¡¿Que qué quiero?! ¡¡¿Que qué quiero?!! ¡Arrrg! —suspiro frustrado—. Tu hermana, ¡que se pasó cinco horas pagando plantón frente al supermercado para comprar nada!, dizque te llames a tu primo. La compañía en dónde está va a cerrar y ¡otro desempleado más! Y Chucho que anda como loco buscando antibióticos para la niña... ¡¿A quién se le ocurre, chico, tener muchachitos ahorita con todo lo que ya hay que parir?! Pero si ni hay anticonceptivos... ¡Qué vaina tan arrecha!
— ¡¿Y yo qué puedo hacer?!
—Tú, no sé. Pero lo que soy yo, ¡me voy!
“¿Pero irse cómo y a dónde?”, insistía Ignacio incrédulo. Lo que en realidad no comprendía era por qué ella quería dejarle, aunque en su decisión poco tuviera él que ver. No le veía sentido a abandonar su familia, sus afectos, el lugar donde había crecido y lo que había construido para cambiar unos problemas por otros en algún distante o remoto destino en el que se estrenaría con el distintivo de “extranjero”. No más pronunciar la palabra se sentía ajeno.
Unas últimas frases acudieron a su boca para sosegarla, el efecto fallido de éstas le abofeteó la cara, le replicó y ardió en las mejillas por meses e incluso después, cuando tras malabares de parte y parte e incontables mensajes de esperanza, estos sí solo proferidos por él y desoídos por su novia, llegaba la crónica y requeteanunciada marcha.
Ella se iba a quién sabe dónde, a quedarse con quién sabe quién y a hacer quién sabe qué a kilómetros y kilómetros lejos de él; se hacía a la idea de que sería recibida por otra zona horaria, otro gentilicio, otro clima, otra gente, otra cultura y un etcétera de otros otros. Él se quedaba ya se sabe dónde, con quién y a qué sin todavía hacerse a la idea de despedirse.
En medio de los respectivos adioses en el aeropuerto les quedó a ambos el humor rancio, un mal sabor de boca, un hueco en el estómago y una compartida punzada de arrepentimiento mientras cada cual pensaba al unísono:
“Debí haberme ido”.
“Debí haberme quedado”.
El vuelo LV 653 pasa raudo sobre nuestras cabezas dejando su estela, dos líneas paralelas blancas sobre un cielo despejado. Karen apenas tiene tiempo de ver el avión en que ignora que viaja su cuñada cuando el señor por delante de ella en la cola lo usa de referencia a nuestra inflación desorbitada.
Sus pensamientos viajan hacia Ignacio y de inmediato se suma al hilo de la conversa general:
—Hoy mismo mi hermano está despidiendo a su novia que se va —me comenta con tristeza y como si me conociera, supongo que por esa extraña familiaridad nacida de compartir situaciones adversas.
Niego silente en mitad de una mueca, las palabras se me figuran huecas.
—Aquí ya no hay quién viva, mija… —Resopló resignada otra mujer de la fila y al instante encontró réplica más allá.
—No sí, lo que no hay es cómo...
Era Día de Muertos y entre todo lo perdido cada cual tenía un difunto al cual honrar, aunque en realidad era otro día muerto más.





Después de cierto tiempo... no, después de cierta gente entiendes que las cursilerías son la forma más frecuente y sencilla que existe de decirle al otro que estás dispuesto a hacer por él cualquier estupidez. Todos desdeñamos lo estúpido y ante semejante manifestación tendemos a pensar: si es capaz de ponerse en ridículo en mi nombre,  ¿qué no haría por mí? Por obra de simple relación o analogía un término es suplantado por otro a tal punto que “cualquier cosa” acaba siendo “todo”.
Lo cierto es que parecemos ignorar o hacer de lado esa capacidad o predisposición innata hacia la idiotez que el ser humano padece y entonces concebimos como un riesgo una acción completamente natural. 
“Ser cursi es de valientes”, reza el mural. Y claro, como la mayoría cree que lo “cursi” abarca un gran terreno en el plano sentimental, termina confundiéndolo con equis emoción noble y, por extensión, aquella palabrita vieja de cuatro letras también es empañada por el mismo mal.
Es curioso el modo en que cualquier frase o vocablo acompañado por el calificativo de “valiente” adquiere de pronto un significativo matiz. Es así como “ser cursi” disminuye su carácter despectivo, deja de ser fofo y risible convirtiéndose de inmediato en algo valioso o elogiable. Otra vez entra en juego la asociación de ideas, esa analogía extraña con la que cada cosa queda abierta a una gama colorida de percepciones y definiciones. 
Que me pidan reescribir la frase y no violentaré únicamente al muro al afirmar que “ser cursi es de bárbaros”. Aunque al minuto siguiente, por esa magia de las palabras y en especial de la homonimia, no tarden algunos en proclamar con orgullo “¡qué bárbaro es ser cursi!”. Ellos sí, sin ironía. 
Yo, que no en vano tengo más dedos de frente de los que quisiera y un más o menos desarrollado sentido de la vergüenza, no pienso incurrir ni voluntaria ni conscientemente en ello. Ni siquiera porque, ya suprimida la condicional precedente a aquella pregunta inicial, te esté haciendo bulla en la cabeza ese “¿qué no haría por mí?; o quizá, excluida la negación de la interrogante, te estén atormentando las incógnitas sobre lo que sí haría. La respuesta a lo primero es obvia, en cuanto a lo segundo... hay toda una gama colorida de analogías...
—“Lo que más me gusta de ti es la seriedad con que inventas disparates”.
— ¡Qué cursi!
— ¿Tú, yo o Márquez?
—Es, además de grotesco y repetitivo, demasiado poco original apropiarse de frases ya hechas o conocidas para poner de manifiesto nuestros sentires. Si al menos algo bueno se puede sacar de las cursilerías es que evidencian esa ordinariez, por común y corriente, de quien las usa y, por añadido, su carente creatividad...
Tras un largo y sonoro resoplido, que funge de ruido de fondo a un encendido discurso, se hace el silencio. A duras penas son perceptibles al oído los sonidos de los labios y las lenguas en fricción... y fruición. Uno de los dos recupera el aliento para exclamar:
— ¡Ni hablar de lo típico o lo tópico que resulta callar a alguien con un beso! ¡Es muy cliché! Acaba siendo no raro sino cansino que nada nuevo haya de esperar en cualquier acto espontáneo. Las sorpresas son a veces tan previsibles, tan faltas de...
Alguien alza la vista al cielo con expresa y sincera obstinación y de pronto...
— ¡Aaaayyyyyyy!
— ¿A que también es cursi y cliché que te callen con un mordisco?
Suelta entre risas con desmedida satisfacción. Y sí, con ironía. Su acompañante, con algo más que la indignación a flor de piel ¡pero al fin en silencio!, intenta aliviar las punzadas de dolor dejadas por sus dientes mientras pugna por suavizar la mueca de diversión que amenaza su semblante.




No durmió la noche del 15 de agosto luego de ver casi obligada la película de terror favorita de Mario: todos los sonidos le ponían los pelos de punta, cada sombra se le figuraba la antesala de un evento trágico. 
— ¿A que ahora te arrepientes de no haberte decidido por la porno? 
Apenas distinguía el brillo de sus pupilas traviesas en la oscuridad, si se hubiera esforzado un poco también habría alcanzado a notar la mueca malévola en que había transmutado su sonrisa. 
—No, me arrepiento de que me convencieras de venir aquí a pasar el rato. 
— ¿Hubieras preferido un motel? 
— ¿Quieres apartar la cabeza de la bragueta de tu pantalón? 
—Ehh, ¿a cuál cabeza te refieres?
—No es gracioso. 
Su queja fue seguida de un estruendo distante. Justo en la cocina se escuchó tintinar a la cubertería. El crujir de las vajillas al impactar contra el suelo la sobresaltó.
— ¿No habías dicho que la casa estaba sola? —Susurró.
—Pues parece que ya no... —Le encantó verla taparse la boca con sorpresa y preocupación tal si aprisionara un grito. Una de sus manos desfiló, con premeditado sigilo, por debajo de su blusa—. Ahora estamos tú y yo. 
La chica ni se enteró o ni quiso enterarse de su tentativa, aunque su piel, convertida en una superficie áspera reaccionando a los escalofríos, debió decir más en su lugar. El cuello se le estiró en mayor grado de lo habitual entretanto dirigía su atención hacia la cocina. Algo andaba muy mal. 
—Ve a ver. 
— ¿Y si mejor me quedo a desnudarte? 
Se deshacía en besos buscando darle alivio a la tensión del cuello de la chica y, por ex-tensión, a la de su entrepierna. 
—Tú lo que quieres es que la muerte nos pille in fraganti como a esos ancianos a los que un infarto los sorprende en pleno orgasmo. 
—Pues si hay que morir que sea gozando —en un gesto brusco le apretujó un seno. 
— ¡No es gracioso! 
Su exclamación esta vez fue seguida de un fuerte ventarrón que sacudió las persianas emitiendo un ruido perturbador; la ventana, abierta de golpe, tembló enérgica sobre sus goznes y de improviso algo se coló raudo al interior al tiempo que toda la calma y contención de la muchacha huían de sí misma. 
Le castañetearon los dientes, no solo del frío, le vacilaron las rodillas y se pasmó de la impresión al sentir algo tibio y peludo rozándole los pies. Para más colmo la sensación de un cálido aliento le transmitió vibraciones, primero alrededor de la nuca y después, en la espina dorsal. Ya se estaba preparando para reprender a Mario, no obstante al dar la vuelta descubrió estar siendo olfateada por... por... ¿el vacío? 
Vaharadas reinventaban la oscuridad. 
— ¿Mario? 
Le respondió el arrastre de unas cadenas o al menos con eso identificó lo oído. 
— ¡Mario!
Ahora le pareció que el suelo era torturado por pezuñas. 
— ¡¿Ma-rio?! —La inseguridad se hacía latente en el timbre de su voz, cada vez más ronco—. No es gracioso...  
En vano forzaba la vista entre las sombras, era incapaz de despegar los pies del lugar que ocupaban, pero el cuello continuaba alargándose tal si pretendiera con ello agudizar su visión. 
Al unísono se repitieron todos los ruidos y sensaciones juntos: un tintineo, vidrios rotos, siluetas informes yendo y viniendo, algo colándose bajo su blusa, su cuello y su espalda mojadas de... sudor, frío, tensión, otro gesto brusco, un castañeteo, la ventana reclamando su atención y las persianas y las pisadas o cadenas arrastradas y aquello que invadió la estancia sin permiso y el cuerpo no identificable o identificado pasando por encima de sus pies. Un suspiro o un susurro o una especie de olfateo... de la nada... el estómago se le vacía, fallan sus rodillas, se le pone la piel de gallina y solo le falta cacarear. “¿Mario?”, dice pero en realidad emite un grito que nadie alcanza a escuchar. Su boca es silenciada en la oscuridad, su cuerpo es presa de algún ente que la oprime y la encadena, toda la brisa que entra a bocanadas por el vano de la ventana parece caber en su aliento, que ahora se (y la) disuelve en un vahído. 
Tiembla por algo más que los nervios, cree estar a punto de que le sobrevenga la muerte con el susto por orgasmo y agoniza... 
— ¡Oh, vamos! ¿No pensarías en serio que la ficción iba a congelarnos o comernos atravesando la pantalla del tv? —Se burla Mario, devolviéndole la respiración y los labios, y obsequiándole sus dedos carentes de pezuñas a su piel. 
—No es gracioso —replica ella entre dientes. Al unísono vuelve a sentir la cosa peluda bordeándole los pies. Se estremece y lo sacude de una patada, por arte de magia o malas intenciones caducas regresa la luz. Se escucha un afectado maullido. Mario sonríe divertido otra vez.
—Por supuesto que lo es. 
La chica mira ceñuda y con recelo al gato que en la penumbra se frotaba contra sus extremidades y le dedica una mueca de enfado a Mario, quien de inmediato trata de hacerla desaparecer acariciando sus mejillas.
—Entonces, ¿vemos la porno o qué? —Predice la expresión recriminadora y cansina de la chica con una precisión que le hace reír. La observa alzar la mirada hacia el techo y en seguida la escucha hablar con una estudiada condescendencia que no tarda en ser bien recibida.
— ¿Para qué? Si la vamos a hacer... 
A Mario le encantaban las quincenas. Sin embargo, en esa de agosto no pudo dormir recordándola a ella. Encendió la tv con la esperanza de que un grito de espanto la trajera de vuelta y le murmuró al vacío:
—También te he dejado la ventana abierta.




“Here’s a night cap for you, dear” by Danny Galieote

No sé qué me pasó. Juro que no suelo ser así de impulsiva. Simplemente me descontrolé y mira que sí, que sí me tomo las pastillas. Es que no soporté oír tu nombre en su boca... añorándote, describiéndote como su amor soñado y paladeándote despacio con solo pronunciarte. Me trajo el horrible recuerdo de esa vez en que me los conseguí en plan “solo amigos” en el centro comercial y, espiándolos desde el lateral de una vitrina, nos hicieron testigos a un maniquí y a mí de quién hacía sonar más rápido y más fuerte la campanilla del otro con la punta de la lengua. Todavía me chirrían los oídos. No pude consentir que luego me besaras sin antes hacerte cepillar los dientes.
Sé que las letras de tu nombre no me pertenecen para custodiarlas con tanto celo, pero oírte en su voz chillona (¡que ni sé có-mo so-por-tas!) me hizo sentir rabia de todo lo que pudiese haber compartido contigo y me acentuó el egoísmo de no quererte ni en otros labios ni en otras pieles.
En serio que no lo pensé. De haberlo hecho habría salido mejor: ella, más magullada y torturada en cuerpo y alma, peor para la foto; y yo, libre de toda culpa y en verdad satisfecha. 
No tenía claro el pensamiento, lo confieso, cuando me abalancé hacia ella dispuesta a voltearle las entrañas. De pronto me cansé de dejarla calva y me di cuenta de que, pese a los rasguños y otras insignificantes (te lo juro) heridas, mis uñas no eran tan afiladas ni mis manos tan hirientes. Y ve que te lo he dicho siempre: “no-me-de-jes-las-bo-te-llas-de-cer-ve-za-va-cí-as-so-bre-la-me-sa, cielo”. Pero qué pena que te perdieses cómo ella veía con una el infierno. O quizás no, tal vez no lo habrías disfrutado tanto como yo. 
Ni te imaginas la impotencia que me dio no haberle desfigurado la cara tan bonita, tan tersa, tan delicada, tan tan... para que no te volvieran a dar ganas ni de acercártele. Me indigné tanto que sin querer le terminé clavando la botella rota en el cuello, ¡qué mala puntería tengo!
Lo de batuquearla contra la pared y pretender que su cabeza era un martillo no se me ocurrió a mí, te lo juro. Ella me enseñó el truco intentándolo conmigo y yo... ¿qué más remedio? Se lo aprendí. Aunque creo que eso no fue lo definitivo, sino lo de después. Perdió el equilibrio y dio de bruces contra la mesa de cristal. Por cierto, te tocará comprarme una nueva, porque la vaca aquella con su peso me la hizo añicos en segundos y no volvió a levantarse del suelo; la mesa, claro, no ella, ¿a quién le importa ella? Para vengarme quise también hacerla añicos, pero me frustró el deseo... Se desmayó. ¡Se desmayó la insulsa aquella! Todavía no despierta. Tienes que ver cómo hemos quedado... la casa y yo, por supuesto. Somos un completo desastre. Hay un olor a óxido inaguantable.
Y ella, bueno, ¡¿a quién le importa?! No despierta, debe ser de reacción lenta. Solo así concibo que no entendiera que andabas conmigo ¿o fue que no se lo explicaste, cariño? Con lo bien que se te dan los dibujitos... ¡Aunque con no examinarle la garganta...! Espero no notes que te falta un cuchillo.
Ahora que lo pienso... Ahora, ¡ja...! Ahora que lo pienso eres tú quien debería estar dormido a mis pies y no ella. Ella no, qué pena, ella no. ¡Dónde te consiga en otro centro comercial...! Mejor, mejor... ¡Arrrg!  Me calmo. ¡Las pastiiiillaas...! ¡¿Dónde carrizo están las ben-diii-tas pas-tiii-llas?! ¡Jaa-ja! Deberías estar durmiendo a mis pies... Es que cuando se me mete una cosa en la cabeza... 
Camisa y pantalón fuera, odio llevar rastros de aquella encima. Espero no tener que mandarte a cepillar los dientes otra vez y otra vez y otra.
Mensajito con foto incluida solo para ti: “Amor, dónde estás? La ropa me pica y ardo porque sean tus dedos los que me vistan”. Enviado. 
No tardarás en llegar, ¿verdad que no? Lo sé porque llevamos puesto tu conjunto favorito. 
Debes ser tú quien duerma a mis pies, tú. 
Tengo que limpiar este reguero y llevar a esta mujer a otro sitio porque, te lo juro, mientras yo viva, cielo, ni a la tumba irán juntos.




Pintura de Kathwren Jenkins

Los lirios se mecen sobre el agua,
parecen acunar
entre sus pétalos
nuestras carencias;
la soledad, las ausencias,
esas en las que siempre hay algo
que nos evade o nos aleja.
Aleja y a lo lejos...
los kilómetros se extienden
y se expanden los espacios.
Cabremos en todos y aún así,
la distancia
sostendrá en sus extremos dos extraños
a los que el tiempo,
más que moldear,
habrá mellado.
Pactaremos el olvido,
sin quererlo y sin cumplirlo,
mientras el sueño
encuentre nuevas formas de revivirnos.
Pero los lirios,
como una comunidad
de marchantes elegantes,
seguirán nadando con gracia
en el estanque.
No se hunden ni ahogan,
mantendrán el equilibrio si les llueve;
su tallo,
aunque encorvado,
todavía firme
ante las adversidades...
¿Lirios o...?
Dos... extraños.
El querer tiene más exiliados
que cualquier régimen autoritario.
Nostalgia, me calas;
los mismos lirios
visten de blanco la añoranza.
Asómate al estanque seco
donde ya ninguno emerge
y mira cómo los sostiene
la nada que hoy nos pierde.





Ojos extraídos para no llorar; las cuencas, vacías. Pánico de que el mirar exteriorice el interior... hueco. Nunca distinguir si hay un agujero negro frente a sí, la oscuridad alrededor o una alcantarilla bajo los pies. “Cuidado con las ratas”, se dice. Todas asquean, incluso las de cuatro patas.
Se siente y se sienta en una cueva. Apesta. La nariz empieza a estorbar, funciona demasiado bien y esa es la irregularidad. Es mutilada con saña, ya no asusta exponer las entrañas. Quizá nadie ve; en verdad, nadie ve. Cree ser habitante de un mundo de sombras, obvia que otrora creó, también, sin ver.
Cinco agujeros en el rostro y el horror de concebir la cama como urna de lo bien que vivifica su cadáver. Pugnan los dedos de la mano siniestra por el anillo del rostro que mejor les luce: el índice y el meñique en los ojos vaciados; el corazón y el anular en la nariz cercenada, y el pulgar en la boca, aún intacta. Inconscientemente un símbolo es invocado: los cuernos del diablo. ¿Existe? No sabe... si aloja el infierno o si el infierno le aloja.
Algo llama. ¿Llamas? Rabia por arrancarse la piel antes de que el fuego lo haga. A gritos tapados los oídos, reventados los tímpanos y las cuerdas vocales, sangra.
Queda la boca, todavía. El martirio. No paz, si... lencio; mas, aun sin voz, está prohibido.





Si es cuestión de sincerarnos,
ya perdí la cuenta de los poemas que llevan tu nombre
o a los que tu nombre lleva;
—me encantan tus labios rosas viendo las estrellas—
sin ti o contigo el silencio no es escape
ni tampoco una guarida,
—qué decir de tus ojos marrones
desarmando mis heridas—
y el desvelo siempre vela un muerto
que estrena nuestros rostros
en cada pesadilla.
—por tus manos inquietas y hacendosas,
la vida—
Si es cuestión de hablar de más,
me doblegan tus ausencias,
—y tu esencia
reinaugura mi existencia—
me rasgan tu humor afilado
y tu nostalgia incesante,
—tus pies descalzos aferrados a la tierra—
y no veas cómo parte
el fervor con que te anclas a la nada...
—la voz con la que a mi nombre
le reanimas los fonemas—
Si es cuestión de hablar de menos,
me bastarían dos vocablos,
—el punto de quiebre de mis desvaríos—
cinco sonidos precisos
u ocho con uno doblado.
—tus carcajadas renovando mis sentidos—
Pero si es cuestión de mentirnos,
sin piedad y con resabios,
—un parpadeo,
el boleto a cada uno de tus mundos—
eres pobre argumento
de mi alegría o de mi llanto.
—...—
El vacío de una obra sin aplausos.






Un tren se avecina raudo a la estación. 09:11:54. Tras la franja amarilla Nadia revisa un texto en su móvil, Jessie se distrae con las pulseras coloridas que adornan su muñeca.
— ¡Mami, quiero una! ¡Quiero una!
La chica, conmovida, se la regala. Total, tiene varias.
Paul sonríe ante el gesto. Cabecea y tamborilea los dedos a la altura de los bolsillos del pantalón al ritmo de alguna melodía filtrada en sus audífonos. Le contagia su buena vibra a Rita, a quien le da por cantar. Juntos envían señales al radar de Berta y Eugenia:
— ¿Has visto cómo acompasan esos dos?
Víctor niega con la cabeza en dirección al par; no de jóvenes, sino de ancianas. Le han recordado alguna ocurrencia de su abuela. Viste corbata con camiseta.
Mauro le echa buen ojo a él y a su atuendo y se espanta, le parece que atenta contra su “sentido del glamour”. Aún así le comenta a Lina:
— Me lo como completito... ¡Pero sin el envoltorio!
Su amiga, en cambio, está sin estar. Mantiene los ojos abiertos en el limbo. Desde el otro lado Jesús la vigila. No Cristo, sino el niño que desde el lado contrario del andén le hace muecas para traerla de vuelta a la estación. 09:12:28.
Delante de la franja amarilla Luis otea el interior del túnel y zapatea impaciente con un pie. Le transmite su desespero a Mildred, quien se fija en su reloj pulsera con insistencia, aunque no en su hija Sofía que se cree modelo o equilibrista sobre la línea pintada con ñemas de huevos sobre el suelo. Todavía piensa en el desayuno y en que le habría gustado comerlos.
David, disminuido en su rincón, la señala en la distancia; pero a él nadie lo ve.
Ahora muchos dirigen la vista hacia el mismo sitio que lo hacía Luis y otros, hacia arriba, al vacío. Intentan captar el mensaje que sale de los parlantes, tal si les funcionase a medias el sentido del oído.
Los altavoces tosen y carraspean o quizá, quien habla a través de ellos.
—Ssse les cof-cof... cuerda a losss ssh... suarios mantener... coff trasss... ffff... anja... illa. El trrr...n cof-q-cof ssstá ingres... do ssss... ción —09:12:57— no presss cof... rá ssssr... vicio co-coff-mercial cof —dos segundos de estática o una respiración profunda—. Favor aguardar tras...
Silencio. Escrito con “s” de shock.
El tren sigue sin prestar servicio comercial, sin embargo, no contemos el final.
Puede que alguno no sufra nada más de incapacidad auditiva, sino también de mudez.
Luis mira en la dirección en que lo hacen todos.
Jesús se adueña de la expresión de Lina, le ha robado el limbo o ella lo ha abandonado. Tal vez a él su tocayo sí lo vigila.
Mauro permanece espantado, el sinsentido (no precisamente del glamour) atenta contra él.
Víctor se ha olvidado de su abuela y las ancianas, quienes a su vez han olvidado a los  dos que iban más al compás que a la par.
— ¡Mami, mami, mami! —Jessie solo llora y grita.
Nadia se ha quedado sin móvil que revisar.
Mildred, con desespero nacido no de afuera, sino de adentro, se fija... Se fija en que no está su hija.
Sofía saborea sus dos huevitos fritos de un lado, ha logrado que le sirvan el desayuno en la estación. 09:13:02.
David, desde su hueco donde a todos mira, todavía la ve caminar sobre la franja amarilla.




Fotografía de Jenna Martin

Fue el mar,
lo tengo claro.
No el oleaje de tu verbo en mi garganta
ni la arena de tu tacto
resecándome la piel.
Fue el mar,
te tengo dicho.
No ese desvarío
de olfatear
tus besos
y saborear
tu voz.
Arriba,
en el cielo destemplado,
dos aves sobrevuelan
en doble y mutua negación;
un “no nos olvidemos nunca”
se convierte en bruma,
la promesa encalla en el adiós.
Y tus labios...
cerrados para mí a salicanto.
Y tus ojos...
dos veleros atracados lejos
de esta orilla en que no soy.
Fue el mar
y yo fui espuma,
un burbujeo pronto
que ya mermó.
Fue el mar
y esta manía
de confundir la sal
con la saliva y el sudor.
Fue el mar...
o no.





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